Con el poeta…

Josep M. Rodriguez, por Encarnación Sánchez Arenas.

Josep M. Rodríguez (Súria, Barcelona, 1976) es autor de Las deudas del viajero (1998), Frío (2002), La caja negra (2004), Raíz (2008), Arquitectura yo (2012), Ecosistema. Antología (2015), y Sangre Seca (2017), entre otros. Ha publicado también el ensayo Hana o la flor del cerezo y las antologías Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía (2001) y Alfileres. El haiku en la poesía española última (2004). De su labor como traductor destacan entre otros, Poemas de madurez (2004), de Kobayashi Issa.



En La caja negra recoge el testimonio en negativo (y la negación testimonial) de los desastres cotidianos. La escritura poética no es el modo de plasmar la subjetividad, sino la forma de constatar su ausencia; escribir no es un modo de decirse, sino una forma de desdecirse, de negarse, de señalar un vacío, el hueco del yo; apunta a un espacio en el que el sujeto (lingüístico) tal vez estuvo, pero ya no está, y de él solo queda su diseminación, según indica Juan José Lanz en Versants 64:3, fascículo español, 2017, pp. 107-114: / “Tiro una piedra al agua/y el estanque es un árbol recién cortado”/.


Nos aporta Rafael Espejo, a través de la web la Estafeta del tiempo, que Raíz está dividido en cuatro partes sin títulos, y además de cierto temperamento episódico y autorreferencial en su estructura, el libro parece en realidad abarcar a la manera de un péndulo –del secreto a la apariencia y de lo visible al interior– persistentemente, las mismas inquietudes: el acoso de la muerte, la desfragmentación del yo, la irrealidad de los amores, la fragilidad de la memoria. Estos son los cuatro puntos cardinales –pero no las cuatro partes –que orientan al autor en su intento por comprender el mundo, ya sea desde la conciencia intelectual, ya desde la interpretación simbólica, por no decir creacionista: /¿Acaso la memoria /es algo más que el eco de lo que ya hemos sido? /Sólo tengo interés por el instante. /El resto es erosión / o me erosiona. /.

Con Sangre seca nos acerca a sus tradiciones, desde la poesía simbolista a la pintura impresionista. De hecho, podrían ser dos de los ejes compositivos sobre los que pivota este libro, y también, en cierto modo, las técnicas mejor transitadas por los últimos poemarios de Rodríguez, que ha ido acotando su mundo en una percepción fragmentaria pero cargada de significaciones, como admite Juan Carlos Abril en Estudios Humanísticos. Filología 39 (2017). 345-347. Podemos encontrar poemas tan rotundos como este que abre el poemario: “Tumba abierta de un niño”: /Despiertas/y estás dentro de un alud,/sepultado en su luz blanca, de nieve./Ficticia sensación de empezar algo nuevo,/como un cuentakilómetros/ que da toda la vuelta./¿Y tu niñez,/su fábula de fuentes?/Cada día que pasa, los objetos/ van ganando más peso o densidad./El tiempo. La memoria./Los buitres, que construyen/ en tus ojos/su nido./Ficticia sensación de estar echando tierra/ sobre el féretro de alguien que no ha muerto./Poesía,/sangre seca./.

Encarnación Sánchez Arenas. Diario Jaén




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