CaRE SANTOS

Entrevista de Ginés J. Vera

Care Santos: «Cuando escribes para jóvenes hay que ser muy ambiciosa».

La escritora Care Santos (Mataró, 1970) ha publicado este año la novela juvenil El baile de los muertos (CrossBook) por la que le preguntamos en esta entrevista que nos concedió amablemente para la revista Literatura Abierta. Care Santos es colaboradora habitual de El Periódico de Catalunya y autora de doce novelas, entre las que destacan: Habitaciones cerradas (2011), adaptada a la televisión en 2014, El aire que respiras (2013), Deseo de chocolate (Premio Ramon Llull 2014), Diamante azul (2015), Media vida (Premio Nadal 2017) y Todo el bien y todo el mal (2018). Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas, entre ellos el inglés, el alemán, el francés, el sueco, el italiano y el holandés.


P.: Leemos en una nota al final de El baile de los muertos que la primera inspiración de esta novela surge de una idea -entre lo cómico y lo macabro- perfectamente documentada: la del Panteón de los Hombres Ilustres en Madrid en el siglo XIX. Coméntenos cómo llega a esta idea y cómo fue el proceso de novelarla para un público juvenil.

R.: Descubrí ese asunto durante una documentación para otra novela, hace mucho, y eso me llevó a la Real Academia de Historia, en Madrid, donde se conservan muchos documentos sobre ese descabellado proyecto. Estuve un buen tiempo allí, documentándome. Mi primera idea era escribir un relato histórico, pero pronto me di cuenta de que admitía lo macabro, y que contenía también el espíritu del Romanticismo, un movimiento estético que adoro. Así que no sé en qué momento comencé a atar cabos y a pensar que sería un buen punto de partida para una novela para jóvenes. Supongo que porque conozco a mis lectores jóvenes y sospeché que la idea les gustaría tanto como a mí.

P.: En El baile de los muertos comparten protagonismo tanto personajes de ficción como otros reales, históricos, tanto de la nobleza como algún político, escritor e incluso una religiosa conocida como “la Monja de las Llagas”. ¿Qué fue lo más difícil de hilvanar la parte ficcional con la histórica? ¿De algún modo este tipo de narrativa histórica es una manera de acercar la Historia, con mayúsculas, a las y los lectores más jóvenes?

R.: La historia es la mejor de las ficciones. Hay personajes reales y perfectamente documentados que resultan más inverosímiles que muchos personajes de ficción. También hay otros personajes de quienes se dicen siempre las mismas cosas de la misma forma, sin critica ni análisis. Creo que para los novelistas todo eso son motivos más que suficientes para partir de ciertos personajes históricos y escribir con ellos una novela. No es tanto lo que fue, sino lo que podría haber sido lo que te lleva a narrar. Por otra parte, ya en otras de mis novelas he mezclado historia con ficción, y es un cóctel que me encanta. Nunca lo había hecho dirigiéndome a lectores jóvenes, es cierto, y en gran parte creo que eso vino condicionado por el personaje de Isabel II a los 16 años: fue una adolescente tan sola, tan desgraciada, tan incomprendida por todos y sobre la que recayeron tantas responsabilidades que pensé que muchos de mis lectores se identificarían con ella, con su rabia, con sus ganas de vivir y con su situación vital. Con respecto a acercar la Historia a los lectores, es algo que la ficción histórica trae consigo y permite de la mejor forma. Nos emociona mucho más una novela que una monografía histórica. La ficción puede ser, pues, un buen modo de dar a conocer la Historia, los entresijos de la misma, y ojalá que así sea, entre cualquier tipo de lector, porque la historia del siglo XIX es fascinante y merece ser contada (y leída).

P.: Si bien el germen de esta novela fue aquel infame Panteón de los Hombres Ilustres en Madrid -en dos ocasiones-, en ambas a las mujeres ilustres se las relegó al olvido. En El baile de los muertos hay una fuerte presencia de mujeres coprotagonizando la trama, reales o ficticias. Háblenos de ese injusto olvido y de las coprotagonistas de esta novela.

R.: Está, sobre todo, Isabel II. Qué personaje tan fascinante. En un principio quería que fuera más malvada, pero cuando comencé a leer sobre ella, sobre la triste y complicada vida que le hicieron llevar, solo me inspiraba lástima. Eso complicó el personaje, y creo que lo hizo crecer. En todo caso, es una protagonista excepcional, no solo por lo cómo fue, por lo muy bien documentada que está su vida y todo lo que se sabe de ella sino porque es irresistible la tentación de desmentir esa imagen tan lisa y simple de «la reina ninfómana» que aún hoy prevalece. Isabel II fue mucho más que eso, y sentí la necesidad ganas de decirlo. También está Lilia, claro, otra de las protagonistas, una chica fuerte que no quiere plegarse al destino que han trazado para ella. Y también Rosaura, una de mis favoritas, que fue rebelde mucho antes, y lo pagó mucho más caro (como tantas mujeres de su época a quienes rinde homenaje). Y no olvidemos a las reales (por partida doble) María Cristina y Luisa. Dos mujeres que fueron muy poderosas en su tiempo y muy cuestionables. Me encanta hablar de personajes femeninos fuertes, me salen de natural, supongo que porque he estado siempre rodeada de mujeres como ellas, a veces controvertidas y difíciles, pero que no se plegaban a lo que se esperaba de ellas. Supongo que esas mujeres, mis personajes y las reales, forman parte de mi ADN literario y personal. Y que tal vez yo soy un poco así, también.

P.: Creo que entre los temas vertebrales de El baile de los muertos están la voluntad frente al destino, la lucha por la libertad y la fuerza de la esperanza. De ser así, son valores para reflexionar con independencia de que la novela pueda estar dirigida a un público más juvenil. ¿Nos lo comenta?

R.: Por supuesto. Una buena novela debe poder interpelar a cualquier tipo de público, de cualquier edad. En primer lugar, no hay que subestimar a los jóvenes, que a la hora de leer son adultos y escogen por las mismas razones que los adultos. No hay que tratarles jamás como si fueran tontos, como si no entendieran o como si hubiera que inculcarles algo. A mí no se me da nada bien el papel de adulto que da lecciones, no quiero ser ese tipo de persona. Quiero ser, mejor, la colega que contagia entusiasmo. Yo escribo desde el entusiasmo, y es lo que espero despertar: emociones, interés, ganas de leer más, ganas de saber, de pensar, de profundizar. Si una novela no despierta ninguna de esas cosas, es una mala novela. Por otra parte, cuando escribes para jóvenes hay que ser muy ambiciosa, crear historias que permitan lecturas diversas, que admitan la relectura, que digan cosas diferentes a públicos diferentes (o a un mismo lector en distintos momentos de su vida), sin escatimar recursos. Es un tipo de lector por el que merece la pena darlo todo.

P.: Me gustaría preguntarle por dos recursos narrativos que confieren a El baile de los muertos un ritmo narrativo vibrante. Por un lado, el contrapunto temporal y de los personajes, que vamos conociendo de manera no lineal. Y, por otro, ese narrador confidente que se dirige a nosotros casi como en aquellas historias orales contadas en el siglo XVI y XVII en las plazas atrayendo la atención de los presentes.

R.: Ese narrador fue un capricho y también un riesgo. Es un homenaje a ciertos narradores que me encantan de la literatura del XIX (por ejemplo, los de Henry James en algunas de sus novelas), que me entusiasma, claro, aunque otros autores lo habían utilizado antes. Es un narrador que rompe las reglas y que interpela directamente al lector y que contrasta directamente con el otro aspecto técnico que señalas, la rapidez, el ritmo, que no es en absoluto propia del siglo XIX, sino de nuestros tiempos. Me interesa experimentar con esto: un narrador muy clásico y un tempo muy moderno. Por otra parte, todos los novelistas que escribimos hoy lo hacemos con una nueva mirada, que poco tiene que ver ya con lo decimonónico, y que está muy influida por las nuevas narratividades, en especial el cine y la televisión. Es imposible narrar sin tener en cuenta todo lo que hemos visto en las pantallas, pero al mismo tiempo hay que encontrar una razón para escribir una novela y no un guión cinematográfico. La literatura tiene su espacio propio, formidable, necesario, insustituible, que es el de la subjetividad. Me encanta buscar modos de explorarlo y, además, creo que como novelista, es mi obligación hacerlo. Es mi trabajo, por decirlo de un modo simple.

P.: Hemos hablado de la parte ficcional de El baile de los muertos, también de su parte histórica, pero sin duda esta novela bebe de la tradición gótica, a camino entre el thriller de terror y el misterio. No sé hasta qué punto es una suerte de guiño a otros relatos clásicos de misterio de la literatura de su juventud como, por ejemplo, La dama de blanco, Wilkie Collins.

R.: Yo no sería el tipo de escritora que soy sin Wilkie Collins y toda la recua de autores victorianos, románticos y góticos que devoré en mi adolescencia. Mi primer artículo publicado en un periódico, cuando tenía 14 años, trataba sobre Lord Byron (creo que con eso está todo dicho). Aún hoy me entusiasma esa literatura, y el género de misterio y terror sigue siendo de mis favoritos, aunque con los años y la pérdida de la ingenuidad me cuesta más encontrar cosas que realmente me emocionen. Así que me encanta formar parte, ni que sea un poco, de una tradición a la que debo mucho y que me parece tan interesante. Nunca entiendo, por cierto, a quienes subestiman el terror. Creo que el terror, como pocos temas, trata de asuntos fundamentales para el ser humano. Trata de nuestros miedos más ancestrales: el miedo a la muerte, a la desintegración de lo físico, a saber qué hay después, a cómo podemos relacionarnos con nuestros fantasmas (es decir, nuestras ausencias, nuestro dolor, nuestro miedo a la soledad).

P.: Casi al hilo de la anterior, traigo aquí una frase curiosa de uno de los personajes de El baile de los muertos. La de un carcelero que afirma que “quien no respeta a los muertos tampoco respeta a los vivos”. En esa delgada línea de quienes no respetaban a los primeros en su descanso eterno estaban los saqueadores de tumbas. Al parecer, había que esperar cuarenta días a que las almas abandonasen los cuerpos que las cobijaron. Háblenos de esas tradiciones y costumbres de la época que aparecen en la novela, algunas de la cuales han llegado a nuestros días a través de refranes o leyendas.

R.: El asunto de los saqueadores de tumbas ha dado bastante juego en la literatura, y no es de extrañar porque era una práctica habitual y muy curiosa en el siglo XIX. Y no tan allá: yo conozco estudiantes de medicina que en los años 70 buscaban esqueletos en los cementerios. Hay muchas historias reales sobre el robo de huesos o partes de esqueletos, algunos muy célebres, como el famoso caso del cráneo desaparecido de Francisco de Goya, que nunca apareció de nuevo. Quiero decir, que la cosa da para escribir mucho. A mí, que soy un poco gótica y macabra, me gustan estos temas y me paso la vida recopilando información. Gracias a eso, en parte, he podido escribir esta novela. Con respecto a la frase, tiene más que ver con la muerte como proceso final de la vida. Podría tener su anverso: Quien no respeta a los vivos, cómo va a respetar a los muertos. Con respecto a los 40 días que permanecen las almas en la tierra, tiene que ver con La Biblia. Soy una enamorada de la literatura bíblica (aunque no soy creyente) y tomo muchas cosas de ella. El 40 es un número importante en La Biblia, desde muchos aspectos. Quise aprovechar uno de ellos, que me parecía muy atractivo. Por último, 40 es también símbolo de un tiempo largo, el tiempo en que las heridas tardan en sanar, por ejemplo. También muy sugerente.

P.: Para terminar, me gustaría que nos hablase de los escenarios entre los que se mueven los personajes de El baile de los muertos. El Madrid y la Barcelona del XIX aún conservan en nuestro siglo algunos de los tesoros en forma de calles, edificios o patrimonio cultural para quienes quieran acercarse con la mirada emocionada tras leer su novela. Le hago un guiño al cuadro Santa Isabel de Hungría curando a los pobres frente al que la tocaya de esta, la joven Isabel II, se quedó un rato embelesada.

R.: Yo también me embelesé frente a ese cuadro durante la visita a El Escorial que hice poco antes de comenzar a escribir la novela. De hecho, es imposible no hacerlo. He sido un poco atrevida, lo reconozco, situando la acción en el Madrid del siglo XIX. Nunca antes lo había hecho, porque mi conocimiento de la ciudad no era tan grande, ni mucho menos, como el que tengo de Barcelona, que tantas veces he novelado. Pero quiero mucho Madrid, la conozco bien, mi marido es madrileño, y decidí intentarlo. Como además, la terminé durante la pandemia, fue un modo de salir de casa y recorrer una ciudad querida. La literatura siempre es un viaje, ¿no? Pues este lo fue por partida doble: en el espacio y en el tiempo.

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