Alejandra Juarez

Entrevista de Gonzalo Sáenz


Alejandra Juárez nació en Argentina, en el año 1984 y es licenciada en Análisis de Sistemas por la Universidad de Buenos Aires. En el principio de la adolescencia tuvo su primer contacto con la escritura a través de su diario.

A los treinta y cinco comenzó un taller literario y volvió a escribir, pero esta vez, en lugar de un diario, terminó su primera novela: GUGL, un futuro distópico. Mamushka es su segunda novela.

¿Cómo fueron tus comienzos en la escritura?

Cuando era chica solía escribir algunos cuentos cortos y poesías. Después me dediqué más a dibujar o pintar con acrílicos. Lo más cercano a la literatura en esa época era mi diario, al que le sumaba algunas páginas cada día. Años después, cuando después de recibirme volví a tener un poco más de tiempo, sentí la necesidad de volver a conectarme con la escritura y empecé un taller literario. Casi al mismo tiempo nació la idea de mi primera novela y me puse a trabajar en ella. Desde entonces ya no pude dejar de escribir y cada día se vuelve algo más importante en mi vida.


¿Cuántas obras tienes publicadas?

Dos, la primera, GUGL, es una distopía en donde la tecnología (mapas, redes sociales, filtros de imagen, monitores de salud, ubicación, calendario, etc) se incorpora al organismo al nacer por medio del dispositivo que le da nombre a la obra. GUGL dirige el deseo por medio de la alteración de la percepción para inducir a las personas a cumplir el papel que se pensó para ellas dentro de la sociedad. Es un futuro (no tan lejano) que sirve de marco para la narración de la aventura que va a vivir Laila desde que es una niña y estudia su profesión hasta que ya está trabajando como programadora y se involucra con un hombre, se enamora y la lleva a formar parte de un grupo que intentará rebelarse contra Destino Monitoreado (la organización dueña de GUGL).

Unos años después, me llegó una nueva idea que se convirtió en el universo de ficción (y también distópico) de Mamushka. En esta nueva realidad, las madres tienen el derecho de propiedad de sus hijos y pueden arrepentirse de haberlos tenido. Es decir, tienen la potestad de deshacer a sus hijos en cualquier momento y por cualquier razón porque son suyos. Mamushka es la institución que lo hace posible (y también le da nombre a la obra). Además de eliminar al individuo, los borra de la memoria de todos aquellos que alguna vez se cruzaron con él y el trabajo está hecho. Ese embarazo nunca sucedió, como si fuera posible volver al pasado y no haber concebido. Mamushka ofrece con su tecnología lo más cercano a eso.

En cierta forma, con este poder extra de las mujeres, la sociedad se convierte en un matriarcado y su sistema es casi perfecto. Digo casi porque presenta algunas fallas y muchos personajes se van a ver afectados por ellas.


¿Te inspiró alguna persona o alguna situación en particular para tu último libro?

Sí, todo empezó con esta frase: "Si es mi cuerpo, es mi decisión". Se la escuché decir a una mujer que se expresaba en el contexto de la aprobación de la ley del aborto legal. Desde ese instante (y quisiera aclarar que no tengo formada una postura respecto del tema), no pude dejar de profundizar sobre las implicaciones que supone: el cuerpo que se gesta en el interior del útero, no tiene entidad en sí misma, es propiedad de la mujer que lo contiene. Es parte suya y le pertenece y por eso tiene potestad decidir si abortar o no y cuándo hacerlo.

Se sobreentiende que hay algún punto de inflexión en el que eso cambia y el feto se vuelve una persona (en el caso más extremo es el momento del parto), pero no está claro cuál es ese momento. Hay muchas cuestiones ligadas a la fe, a las diferentes posiciones respecto de la existencia del alma y (en caso de existir) cuándo llega y toma posesión del cuerpo. También se debate respecto de la formación del sistema nervioso, la memoria y el momento en que ya existe cierto nivel de conciencia. Por todas estas causas, entiendo que no se puede fijar ese punto de inflexión y que tampoco podría ser un valor taxativo. De jugar con ese punto y moverlo hasta el infinito, nació Mamushka y su idea de propiedad sobre la descendencia sin límite de tiempo. Otra vez trabajé desde la ciencia ficción para crear este nuevo universo distópico que es, a mi parecer, muy interesante de explorar.


¿Qué van a encontrar los lectores entre las páginas de Mamushka?

Como ya habrán intuido, la novela crea una estructura social donde las mujeres tienen más autoridad y poder que los hombres (desde el botón de deshacer a un hijo hasta los cargos de mayor jerarquía en cualquier institución de relevancia), Mamushka es el sistema que hace posible que la mujer tenga la posibilidad de arrepentirse y borrar a alguien que sea parte de su cuerpo: por un lado elimina al individuo y por el otro reconstruye las memorias de todos aquellos que los conocieron. De esa forma, la persona nunca llegó a nacer. Tampoco hay dolor, porque nadie, ni la madre, la recuerda y, por lo tanto, no sufre su pérdida.


El sistema está muy bien elaborado y parece no tener fallas. Sin embargo, suceden cosas inesperadas, algunas memorias mal reconstruidas y personas que reviven en los recuerdos de alguien más. Cada personaje va a ser afectado de alguna manera por estas fallas o bien tendrá algún otro rol hacia el final de la obra. De los múltiples personajes está Raúl, mi favorito. Es una figura sombría y con valores extraños que recuerda con amor y como si fuera un tesoro a su hermano gemelo que fue deshecho por su mamá cuando eran pequeños.

Dada la temática propia de la novela, se plantean un montón de cuestiones filosóficas, psicológicas, antropológicas, entre otras. Creo que Mamushka, al igual que GUGL, invita a la reflexión sobre todos esos temas. Y vuelven a surgir porque son los que se me presentan una y otra vez: ¿qué es la consciencia y de qué se compone la mente?, ¿cuál es la esencia del ser humano?, ¿el alma?, ¿la mente? y ¿qué le da sentido a nuestra existencia?, ¿es acaso lo que dejamos en la memoria de los otros? Todas estas preguntas, entre otras, aparecen una y otra vez y toman diferentes matices y perspectivas.

Debo advertir al lector que esta obra es algo desafiante: la historia se presenta desde múltiples historias inconexas, en diferentes tiempos y tipos de narración. Algunas en primera persona, otras en tercera, hasta en segunda o puros diálogo. Esos textos, como pequeñas fotos, van mostrando la realidad desde muchas perspectivas para darle forma al todo. Y todas esas voces se van a conectar de una u otra forma hasta llegar al punto final.


¿Tienes un horario propicio para ponerte a escribir? ¿Cómo compatibilizas la vida familiar, social y la escritura?

Mis dos novelas las escribí antes de tener a mi hija, lo que hacía la tarea algo más sencilla, incluso trabajando con horario completo. Los lunes por la noche solía ir al taller literario y todas las tardes escribía por lo menos dos horas. Después de su nacimiento mi mundo se revolucionó por completo y tuve que adaptarme. Ahora escribo en los momentos que encuentro disponibles que son bastante dispersos y azarosos.

Pienso que compatibilizar todos los roles que tenemos los seres humanos es una tarea que nunca es fácil. En mi caso, el rol de madre me demandó mucho tiempo sobre todo al principio y me interrumpió temporalmente todos los otros roles. Los mismos están volviendo a tomar protagonismo y ese balance empieza a tomar forma una vez más, aunque aún me resulta difícil.


¿Qué estás leyendo actualmente?

El fin de la eternidad, de Isaac Asimov. Es el primero de la colección de Hyspamerica de ciencia ficción, invaluable para el género. Como nota de color, en mi última visita a Argentina, finalmente pude completarla. Son cien libros de tapa azul y hay obras icónicas, como 2001, Odisea del espacio de Arthur C. Clarke, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y muchísimas más que espero descubrir en un futuro cercano.


¿Tienes otros proyectos literarios en marcha o en mente?

Estoy trabajando en dos obras en simultáneo. Esta vez no están relacionadas a la ciencia ficción. La primera es una novela basada en mi experiencia de vida de estos últimos años, después del nacimiento de mi hija con veintinueve semanas y novecientos gramos y su paso por neonatología. Además de todas las otras situaciones que no tuvieron mejor momento para presentarse que ese período. El segundo es un libro de microrrelatos, que pone en pocas palabras ciertas emociones o pensamientos que se me presentan sin aviso. En el momento las anoto de forma rudimentaria y después las desarrollo más en profundidad.


¿Cuáles son tus autores preferidos clásicos y a quién recomendarías leer de la literatura actual?

Como se podrán imaginar, me gusta mucho el género distópico y no puedo dejar de recomendar 1984 de Orwell, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y Un mundo feliz de Aldous Huxley. Esas tres obras son las mejores obras del género. Sin embargo, no es lo único que me gusta dentro de la literatura. Me gusta mucho la ciencia ficción en general (y Asimov en particular), pero también podría poner como ejemplo muchísimos libros que no tienen relación con la ciencia ficción. Empezando por Rosaura a las Diez, de Marco Denevi, con el que aprendí cómo puede cambiar una misma historia según quién la narra, además la técnica impecable que aplicó. Otro libro excelente es Cien años de soledad, de García Marquez, con la magia incorporada a la realidad cotidiana, como inadvertida y su forma de contarla que me dejó asombrada. Muchísimos cuentos de Cortázar y entre ellos Casa tomada o No se culpe a nadie.


Con respecto a los autores actuales, trabajamos mucho en el taller literario con textos contemporáneos. Aprendí muchas técnicas y analizamos en profundidad los estilos narrativos y los núcleos presentes en ellos, pero debo confesar que todavía no encontré alguno que me provoque emociones fuertes o reflexiones profundas. Intuyo que es mi responsabilidad, debo leer más para encontrarme con ellos.


¿Algún consejo a los nuevos escritores?

Para mí escribir es descubrir mi lado oscuro o el más profundo tal vez. Ese que no veo a simple vista con la rutina diaria. Recorrerlo, explorarlo libremente y producir un texto desde allí que después, quizás, va a provocar algunas de estas emociones en el lector. Esa es mi fuerza motriz y por eso ya no puedo dejarla y les aconsejaría a los escritores no desconectarse de ese poder interno que impulsa a esta forma de arte tan particular. A veces los tiempos son difíciles, a veces los resultados no son los que esperamos y a veces nuestro lector interpreta algo diferente de lo que intentamos contar. No importa. Hay que seguir. Tanto en la escritura como en cualquier proyecto que se hace con pasión, hay que continuarlos hasta el final, porque nos dará la satisfacción de concretar lo que el espíritu, alma, o el deseo impulsan. Eso es un regalo.



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